Informe de batalla: Turno 2 “¡Atacados por sorpresa!”

¡Atacados por sorpresa!

Informe de batalla                                                                                                        GTS-NORTE          26/01/2018

Tipo: Partida estándar

Escenario: 9  – “Ataque sorpresa”

Jugadores: Fran (Bloodwiser y pólvora – Buscadores Enanos) y Jaime (Zakeadorez de Zurko – Orcos)

Victoria: Zakeadorez de Zurko – Jaime (Orcos)

Artículo redactado por Jaime

“Una banda está registrando las ruinas de Mordheim en busca de botín cuando es atacada por una banda enemiga. Los defensores están desperdigados y deben organizar una defensa rápidamente para repeler a los atacantes”.

La tarde caía y Zurko y su banda llevaban todo el día merodeando por la zona noroeste de la ciudad, sin ver un alma. Era como si nadie quisiera cruzarse en el camino de Loz Zakeadorez.

Esa zona había sido el Barrio Rico de Mordheim. Se decía que la cantidad de riqueza que generaba la ciudad cuando gozaba de su máximo apogeo era tan grande que el palacio del gobernante en aquella época, el extravagante Conde Steinhard, estaba cubierto con oro.

Pero poco quedaba ya de aquel esplendor. Como la mayoría de los barrios de la ciudad, éste estaba igualmente en ruinas, calcinado por el incendio del palacio a manos de los ciudadanos que se levantaron contra la tiranía y opresión del Conde, cuando descubrieron, horrorizados, en qué se había convertido debido al influjo de la Disformidad.

Los pieles verdes se toparon con un muro bajo, de piedra ennegrecida por el humo. Lo coronaba un enrejado de barrotes que en su momento debió ser una elaborada verja, con blasones y escudos de armas conmemorativos de las familias nobles de la ciudad.

Ahora, parecía el esqueleto de algún enorme animal mitológico, inerte, silencioso.

A escasos pasos, una enorme puerta de doble hoja, de barrotes idénticos a los de la verja, se abría, de par en par, desvencijada, a un camino empedrado que se internaba en lo que antaño fueron los opulentos, y ahora ominosos, Jardines del Memorial Steinhard, un recinto ajardinado donde el gobernante invirtió una fortuna para recrear un vergel con especies de todos los rincones del Imperio, y hasta de la mismísima Lustria.

Ahora, los parterres de flores se habían secado; las terrazas con escalinatas y caminos que se elevaban formando niveles superiores para pasear se habían resquebrajado; el suelo se había abierto, dejando paso a caprichosas formaciones rocosas que habían surgido de las entrañas de la tierra, formando promontorios de diferentes alturas; los árboles, algunos marchitos y otros transformados en remedos grotescos de lo que fueron por los poderes corruptores de la energía disforme, parecían vigilar con ojos malvados a los pieles verdes que tenían frente a ellos.

“Anochezerá en un par de horaz. Volvamoz a la guarida”– resopló Zurko, descontento por no haber encontrado nada ni a nadie. Un día perdido, sin batalla, sin botín.

-“Echaré un último viztazo, jefe. Nunca habíamoz llegado tan al norte. Ezte lugar me da ezkalofríoz, pero kizá ezconda algo de valor…” – dijo Murga, el Chamán Orco.

Zurko había aprendido a confiar en la intuición del hechicero, así que, mientras él, sus lugartenientes Grandotes y un puñado de secuaces rodeaban la verja para rebuscar en los aledaños de los jardines, permitió al Chamán internarse con el resto de la banda en el recinto.

No sospechaba que los ojos que parecían tener esos árboles siniestros de los Jardines Conmemorativos del Conde Steinhard no eran los únicos que los observaban…

“¡Perfecto!” – pensó Axel, el líder de la banda de Buscadores de Tesoros Enanos Bloodweiser&Pólvora, que llevaban siguiendo desde hacía una hora, más como cazadores que como buscadores, a la banda de Zurko “El Negro”.

Los enanos se encontraban esa tarde en las cercanías del Palacio del Conde Steinhard, pensando que podrían encontrar algo de botín, cuando uno de los Barbilampiños vislumbró en la distancia a los descuidados pieles verdes, que deambulaban despreocupados.

Los de Axel se habían cruzado hacía poco con Loz Zakeadorez y el resultado había sido bastante desastroso: sus enemigos ancestrales los superaban ampliamente en número en aquella ocasión y los derrotaron, avasallándolos, burlándose de ellos mientras se retiraban, malheridos, para no ser masacrados por completo.

Hasta se permitieron el ultraje de humillar al herido e inconsciente Matador Klaus cuando lo ataron al pie de la estatua del Conde Gottard pidiendo un rescate por él. La frustración del Matador fue épica, ya que desearía realmente haber muerto en combate antes que caer en manos de los orcos.

Pero hoy Klaus podría vengar ese agravio. No podía esperar más, y aunque obedecía refunfuñando las órdenes de Axel de mantener la posición, su impaciencia se empezaba a contagiar al resto de sus camaradas. Devolvería a esos orcos el trato recibido… ¡por duplicado!

Se prepararon para caer encima de los pieles verdes cuando más desprevenidos estuvieran, acercándose con cautela por callejuelas paralelas, hasta que éstos se detuvieron frente a la Gran Puerta del Norte del recinto de los Jardines Conmemorativos del Conde Steinhard.

“Se han separado, ¡es el momento!” – susurró Axel a sus seguidores. Como líder de los Bloodweiser&Pólvora tenía una sangrienta cuenta pendiente con los Zakeadorez de Zurko.

Aprovechando la valla del recinto, se acercaron a sus presas, que, ignorantes de lo que se cernía sobre ellos, buscaban, desperdigados, alguna cosa de valor con la que salvar un día nefasto.

Más por azar que por instinto, Legolaz Ojo Verde, el guerrero orco que había demostrado su valía como arquero y se había ganado la confianza de Zurko, había trepado a una de las abruptas formaciones rocosas que se alzaban en la zona, para poder otear los alrededores.  Y fue esa casualidad la que le permitió ver cómo avanzaban, a hurtadillas, los Buscadores de Tesoros  enanos, intentando encontrar el momento más propicio para lanzarse sobre sus desprevenidos compañeros.

En silencio, puso una flecha en la cuerda, tensó su arco y esperó, pegado contra la pared de piedra que le servía como parapeto, a que alguno de los enanos se pusiera a tiro.

No reveló su posición, avisando a sus congéneres, hasta que no soltó la cuerda, esperando hasta ese momento para dar un grito de alarma.

Su flecha encontró a su objetivo, impactando en el cuello de un furibundo Matador que avanzaba demasiado concentrado como para verlo en lo alto de su atalaya, derribándolo.

Mientras gritaba en su oscura lengua obscenidades sobre los enemigos que los atacaban y el lugar por el que avanzaban, colocó otra flecha en su arco, con la intención de rematar al enano caído, pero éste ya no se levantó. ¡Con su primer disparo había dejado fuera de combate a uno de esos peligrosos fanáticos tatuados!

Su disparo había sido perfecto pero, sin embargo, sus gritos de aviso no llegaron a tiempo para evitar que los Atronadores enanos disparasen sus ballestas contra el desprevenido Chamán Orco. Escuchó el primer virote golpear contra la dura piedra de una columna que había junto a su cabeza, haciendo saltar pequeñas esquirlas que laceraron a su cara, pero no tuvo tiempo de tirarse al suelo, sintiendo el penetrante dolor del segundo dardo clavándose en su hombro derecho.

La fuerza del impacto lo tiró de espaldas, y lo dejó conmocionado unos momentos. Los gruñidos de sus congéneres y los gritos de batalla de los enanos, que ya no tenían la cobertura de la sorpresa, lo sacaron de su aturdimiento, y consiguió rodar hasta ponerse a cubierto, pues sabía que de donde habían venido esos virotes, vendrían más. No sabía cuántos enemigos los atacaban pero, con la banda dividida y dispersa, si los pesos pesados de Loz Zakeadorez no regresaban rápido, estarían en un gran aprieto.

En ausencia de Zurko, él era el que mandaba y no podía ‘ezkurrir el bulto’. Gateó hasta la posición donde se habían reagrupado “Loz Machakaz” y empezó a balbucear unas palabras, preparando uno de sus hechizos.

Mientras tanto, los enanos avanzaban rápidamente hacia sus enemigos, buscando cobrarse una merecida venganza. No podían verlo, pero sabían que la flecha que había derribado a Eric, el Matador Enano que yacía en el suelo, había salido de la cumbre del promontorio que tenían delante. Con una determinación que solo el odio puede explicar, el Ingeniero Enano Olaf y uno de los Atronadores treparon la escarpada pared rocosa de la atalaya desde donde ese malnacido piel verde disparaba a sus compañeros. Cuando éste, que se creía a salvo en las alturas -en la creencia de que los enanos no tenían fama de buenos escaladores-, vio aparecer una achaparrada figura por el borde de la formación rocosa, pensó que sus ojos le jugaban una mala pasada. Pero cuando vio aparecer la segunda, tragó saliva y dio un paso atrás, en busca de una vía escape. ¡Esos tapones lo habían acorralado en la cima, y abajo había muchos más!

A su vez, los Barbilampiños vieron movimiento tras unas rocas a su derecha, y se dirigieron hacia ellas para trabarse con el enemigo antes de darle tiempo a que se reagrupase.

Y eso es lo que intentaban hacer los guerreros orcos del grupo de “Loz Machacaz”, alentados por el Chamán Murga, que parecía no acabar de canalizar por completo la energía del Waaagh!

Los arqueros goblins, que habían subido -más por diversión que realmente para buscar nada-  a una de las antiguas terrazas de los Jardines del Memorial Steinhard que aún quedaban en pie, intentaron disparar contra los enanos que se acercaban, pero aún estaban demasiado lejos para sus pequeños arcos.

Por suerte para los pieles verdes, Zurko “El Negro” no era estúpido y aunque había dividido su banda, él y Grunt, su Orco Grandote más leal, no se habían alejado demasiado.

Cuando escucharon el primer estruendo de la pistola que el Noble Enano disparaba y recargaba metódicamente, volvieron rápidamente sobre sus pasos. Zurko intentó sacar ventaja de las circunstancias, y dio un pequeño rodeo, bordeando otra de las terrazas elevadas, buscando interceptar a los enanos por su flanco izquierdo. Allí se reunió con uno de sus secuaces, apodado “El Fuerte”. Era el último de su ‘peña’ que aún sobrevivía, y había demostrado una potencia demoledora cuando golpeaba con una maza de cabeza metálica reforzada que había arrancado de la mano inerte de un hombre bestia meses atrás. Pero su valor no era equiparable a su fuerza. Se había cobijado de los disparos de los Atronadores enanos y no acertaba a salir a campo abierto. Con un rugido, en un ademán de desafío, Zurko avanzó hacia el enemigo, buscando enardecer la sangre verde del secuaz. Éste dudó en un primer momento, pero la intimidatoria mirada de desprecio de Grunt, hizo que corriese a unirse a su Jefe. Sabía que, de no hacerlo, Grunt acabaría con él. El inmenso látigo de armas que portaba era un arma lenta, pesada, difícil de manejar, pero cada golpe que el Orco Grandote descargaba era mortífero.

 

Para cuando el resto de los pieles verdes regresaron, momentos después que su jefe, los combates ya se sucedían entre los grupos de guerreros que se habían enzarzado en una lucha sin cuartel.

Los Barbilampiños descargaban feroces ataques contra “Loz Machakaz”, que se afanaban por derrotar a esos pequeños testarudos que no acababan de caer. Sólo la llegada de “Loz Ke Kortan”, la pareja de guerreros orcos armados con hachas, que añadieron superioridad numérica piel verde al combate, decantó la balanza para los de Zurko.

Mientras, al otro lado del promontorio, Axel había dado cuenta de Lurk, el Orco Grandote que trataba de sorprenderlo, acercándosele traicioneramente por la espalda. Sin duda, el instinto del Noble Enano lo alertó y descubrió al piel verde -que era grande, pero no demasiado cuidadoso- cuando éste avanzaba furtivamente. El Grandote, al verse descubierto, aún tuvo tiempo de intentar ensartar al Jefe Enano con su alabarda mientras éste cargaba contra él, pero erró el golpe.

Para desgracia de Lurk, los ancestros del Noble Enano guiaron su mano, y Axel no falló. Aprovechando que el piel verde se había precipitado, y valiéndose de la diferencia de estatura, su gran hacha de batalla trazó un arco horizontal que por poco destripa al orco.

Dando por muerto a su odiado enemigo, se dispuso a recorrer los pocos metros que lo separaban de sus camaradas, que luchaban enconadamente contra la mole oscura del líder orco y sus dos seguidores.

En ese momento, sobre el promontorio, el arquero orco Legolaz Ojo Verde, que había conseguido resistir en la cima utilizando el angosto lugar como impedimento para que el Ingeniero Enano Olaf no pudiera alcanzarlo, se quedó sin opciones cuando éste salvó los escollos y le asestó un tajo que lo hizo trastabillar hacia atrás, perder pie… ¡Y caer al vacío! Cuando, tras unos segundos, el arquero empezó a abrir los ojos, se sorprendió de seguir vivo. Miró hacia arriba, viendo al Ingeniero Enano en el borde del risco.

El ceño fruncido y la mueca de frustración y odio del enano por haber perdido su oportunidad de acabar con el orco se tornaron en una sonrisa maliciosa. Legolaz Ojo Verde, aún algo aturdido, no acertaba a comprender ese cambio en el rostro del Ingeniero. Hasta que unas pesadas botas de cuero reforzado se pararon junto a él. Levantó la vista y vio a Axel, parado junto a él. En la caída, había acabado a los pies del líder enano… ¡Había escapado de la sartén para caer en las brasas!

Axel se disponía a acabar con la vida del miserable piel verde que tenía a sus pies, cuando escuchó el rugido triunfante de Zurko “El Negro”.  Había dado cuenta ya de uno de los Barbilampiños que se enfrentaban a él con un brutal golpe de su enorme escudo, y acababa de dejar postrado al Matador Eric con un golpe de su hacha. Cuando vio a Axel, avanzó unos pasos y se detuvo, desafiante, levantando su hacha ensangrentada, señalándolo.

A su espalda, Eric trató de incorporarse valientemente, pero fue golpeado brutalmente por Grunt, el Orco Grandote que seguía a su jefe como guardaespaldas, cayendo de nuevo para no volverse a levantar.

Desde su privilegiada posición sobre el promontorio, el Ingeniero Enano pudo ver cómo la situación no era muy halagüeña para sus compañeros. Barbilampiños y Atronadores habían sido derrotados a su derecha, y trataban de poner a salvo a sus camaradas caídos; a su izquierda, la situación no era mejor, con ambos hermanos Matadores fuera de combate.

Odiaba tener que admitirlo, pero esos malditos pieles verdes habían aguantado lo suficiente hasta que sus congéneres regresaron en su ayuda. Desde abajo, el jefe Axel no era consciente de que estaba siendo rodeado por un número muy superior de enemigos.

Olaf se descolgó por el risco justo a tiempo para sujetar al Noble Enano antes de que se lanzase a la carga contra el Jefe Orco, que lo esperaba, flanqueado por su lugarteniente Grunt y el guerrero orco apodado “El Fuerte”, en actitud desafiante, riendo provocador.

-“¡Suéltame, maldición!”- rugió iracundo Axel -“¡Ese bastardo no volverá a derrotarme!”

-“Axel, yo también preferiría morir luchando contra esos salvajes y llevarme a alguno conmigo a la tumba, pero son demasiados y nos están rodeando. ¡Sería un sacrificio inútil! Piensa en tus hermanos heridos… ¡Te necesitamos vivo!- razonó el Ingeniero, cuya voz denotaba amargura y frustración por tener que ser él quien refrenase a su líder.

Axel apretó los dientes y miró a su amigo. Sabía que tenía razón. Retrocedió, sin dejar de mirar a Zurko, con el esfuerzo de quien acaba de sentir de golpe el peso de una responsabilidad enorme sobre sus hombros. Su odio era total. Su rostro ardía de furia. Cada paso hacia atrás era una punzada de vergüenza.

Zurko y Grunt

-“¡Jur jur jur!- rió entre toses Legolaz Ojo verde que, taponando con una mano la profunda herida que le había causado el ingeniero enano Olaf, se había arrastrado hasta apoyar la espalda en la pared del risco por el que se había despeñado -“Huid, taponez. Huid. ¡Jur jur!”-

El arquero orco no pudo seguir burlándose. Axel apuntó y disparó en un solo movimiento con su pistola de duelo. La sangre parduzca de Legolaz salpicó la pared que había tras él, y ya no dijo una palabra más.

Después, ya en su guarida, el Chamán Murga remendaría sus heridas. Esa bala había abierto un boquete en su cráneo pero, milagrosamente -o tal vez porque los orcos no tienen un cerebro muy grande- no había causado daños mayores que una fea cicatriz.

Ya en su refugio, la pesadumbre de Axel era terrible. Se había apartado de sus camaradas, que ahora descansaban y se reponían de sus heridas, furibundos. Quería estar solo. Sus pensamientos lo mortificaban, lo avergonzaban. Huir de sus enemigos más odiados por segunda vez… Eso sería algo que lo atormentaría cada día hasta que pudiera sacarse la espina. ¡Y por las fraguas de Karak-Ocho-Picos vengaría pronto este agravio o moriría en el intento!

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