Informe de batalla: Turno 1 “¡Por un puñado de Piedra Bruja!”

¡Por un puñado de Piedra Bruja!

Informe de batalla: Quimera 14/01/2018
Tipo: Partida múltiple
Escenario: 10 – “La búsqueda del Tesoro”
Jugadores: Javi (Cazadores de Brujas), Alberto (Feria Ambulante del Caos) y Jaime (Orcos)
Victoria: El Gremio de Estercoleros – Alberto (Feria Ambulante del Caos)
Crónica por: Jaime del Pozo

Los rumores de lugares donde se ha acumulado una gran cantidad de Piedra Bruja se extienden a diario en los asentamientos exteriores de Mordheim.

Sólo quienes se aventuran en las estrechas y traicioneras calles de La Ciudad de los Condenados podrán encontrarlos… o no.
Lo que sí es un hecho es que, ciertos o no, dichos rumores atraen, quizá por motivos muy diferentes, a las bandas a lugares que pueden convertirse rápidamente en una encerrona si varias convergen al mismo tiempo.

Y eso es, precisamente, lo que ocurrió aquella fría y húmeda mañana.

Aunque había escampado hacía ya un par de horas, los charcos, oscuros como los muros de los edificios de esa zona de la ciudad, eran testigos del aguacero que había caído durante toda la noche.


Con las primeras luces, unas siluetas pequeñas, seguidas de otras de mayor tamaño se adentraron en uno de los barrios de la ciudad. Los “pieles verdes” habían madrugado, pero no eran los únicos. Uno de los arqueros goblins que iban en cabeza dio un chillido de alarma, señalando con su dedo huesudo a las ruinas de unos edificios cercanos a su derecha, donde vio recortarse unas figuras grotescas que, al escuchar su grito, se giraron hacia ellos con una mueca socarrona en sus horrendas caras que podría interpretarse como una sonrisa.


Casi al mismo tiempo, Lurk, uno de los Orcos Grandotes de la banda liderada por Zurko “El Negro”, los incursores orcos llamados Zakeadorez de Zurko, gruñó al ver en el extremo opuesto, sobre la cresta del promontorio donde se alzaba una maltrecha ermita, a dos figuras que coronaban el repecho. No podía distinguirlos bien, pero olían a humano.

El autodenominado El Gremio de Estercoleros, esa broma macabra de la Feria Ambulante del Caos que aparece en ocasiones, errante, en pueblos aislados para alegría y regocijo del pusilánime y simple campesino, ignorante de la verdadera y mortal naturaleza de los juglares y artistas hasta que es demasiado tarde, no deseaba más que extender la inmundicia y la depravación por las calles de Mordheim, y ese lugar era tan bueno como cualquier otro para empezar. Con una carcajada gorgoteante, ‘El Señor del Estiércol’, Histrión de la Muerte bajo cuyo poder se aglutinaba una recua de abominaciones demoníacas y adoradores del Caos, avanzó al frente de sus seguidores.

Los Cazadores de Brujas Azote de Herejes, liderados por el astuto Konrad Marburg, habían sido pacientes: recorrieron los alrededores de ese lugar la noche anterior y esperaron, emboscados, bajo la lluvia. Sabían que la codicia de los muchos perdidos y rastreros seres que se internaban en la Ciudad de los Condenados llevaría a algunos de ellos a esa zona, ¡aunque no esperaban que el cebo de la Piedra de Disformidad atrajese a dos bandas a la vez!

El veterano Capitán Cazador de Brujas frunció el ceño y, casi inconscientemente, con movimientos precisos y mecánicos, como un ritual, comprobó que su vieja y fiel espada salía y entraba sin problema de su vaina, armó su pistola ballesta, y avanzó con un solo propósito en su mente: ¡Purgar el Mal!

Las tres bandas tuvieron poco tiempo para reaccionar a los movimientos de sus rivales, pues cada una tenía enemigos a ambos lados, pero la capacidad táctica del veterano Capitán Cazador de Brujas se impuso, y con dos precisas y escuetas órdenes, sus hombres tomaron la iniciativa, avanzando rápida pero cautelosamente el grueso de la banda al amparo de la cobertura de un gran edificio en ruinas, mientras los tiradores, allá en el promontorio disparaban contra los pieles verdes que se entreveían en la lejanía. Dos virotes rebotaron en el suelo, ya cayendo sin fuerza, cerca de los pies de “Loz Muchachoz”, los guerreros orcos que avanzaban por su flanco derecho. Por muy poco, los orcos se encontraban fuera del alcance de las ballestas de los cazadores, que quizá se precipitaron en el tiro.

Por su flanco izquierdo, sin embargo, los agudos sentidos de los fieles mastines de guerra del Capitán Konrad Marburg detectaron movimiento, marcándolo con un único y significativo ladrido. A una silenciosa orden con la mano de éste, ambos bordearon el edificio en ruinas y cargaron contra los perversos seres que intentaban acercarse a los humanos.
Los gruñidos y la refriega confirmaron que habían dado con su presa, un nurglete. Aunque la pequeña criatura demoníaca no estaba sola y otros miembros de El Gremio la seguían.

 

Por su naturaleza disforme, Konrad la odiaba, pero no podía dejar que la Piedra Bruja cayese en las monstruosas manos de sus enemigos, así que cuando vio aquel fragmento delante de él, brillando con un poder maligno, no dudó ni un instante: la cogió y la metió en su zurrón.

El resto de los aberrantes seres de la Feria Ambulante del Caos comenzó a salir de las sombras y los escombros, avanzando sin mirar atrás. El hedor de la muerte los acompañaba, y carcajadas dementes salían de sus bocas mientras arañaban con los filos de sus armas las paredes, desprendiendo chispas y un estridente sonido.

Zurko “El Negro” también había olido a los humanos, aunque el nauseabundo olor de El Gremio, desconocido hasta ahora para él, lo tapaba todo. Lanzó su grito de guerra y se lanzó hacia adelante, seguido por la mayoría de ‘suz chicoz’, como él los llamaba.

Aunque el arrojo del Capitán Cazador estaba fuera de duda, y el ansia por la purga de El Mal era su razón de ser, su capacidad de análisis de la situación le hizo darse cuenta que, pese a la capacidad de sus hombres, un enfrentamiento directo contra dos de las bandas más peligrosas en las distancias cortas que podría encontrar en Mordheim no era la mejor estrategia.
Decidió replegar a sus cazadores momentáneamente hasta tener claro contra cuantos enemigos se enfrentaba exactamente. Esta intuición pudo ser lo que salvase finalmente las vidas de sus hombres pues, en un momento, doblando una esquina, comenzaron a aparecer corpulentos pieles verdes enarbolando sus armas, cargando salvajemente contra sus líneas.

 

Y a su izquierda, los seres putrefactos y aberrantes de El Gremio de Estercoleros, avanzaban también hacia él y sus hombres.
En ese punto, los fanáticos Flagelantes del Azote de Herejes, que rara vez obedecían a la primera las órdenes si se trataba de retirarse del combate, habían llegado a una callejuela y recibieron la llegada de los primeros orcos con alegría.

Konrad no quería dejarlos solos a su suerte, pero esos fanáticos eran difíciles de controlar. Ante la avalancha de enemigos que se cernía en dos frentes contra sus Cazadores, masculló una maldición. No quería exponer al resto de sus hombres, al menos no tan directamente. Gritó una orden de repliegue y rezó a Sigmar para que sus hombres obedeciesen. Pero los oídos de los Flagelantes parecían cerrados, y sus ojos, en cambio, muy abiertos, ardientes como antorchas, solo veían la muerte de sus enemigos.

Aguantaron la carga, e incluso consiguieron derribar algún piel verde, pero cuando los pesos pesados de los Zakeadorez de Zurko, con “El Negro” a la cabeza, llegaron al combate, su salvaje empuje los avasalló. Sin embargo, esos enajenados consiguieron entretener lo suficiente a los orcos en el estrecho callejón para permitir el repliegue del resto de Cazadores de Brujas.

Aunque en cada banda había algunos individuos intentado astutamente flanquear a sus enemigos, pareció como si el grueso de guerreros de cada una de ellas fuera a converger entre unos edificios… Sin embargo, ‘El Señor del Estiércol’ era tan astuto como pestilente, y decidió dejar que los orcos se “entretuviesen” con esos pobres humanos mientras los flanqueaba rodeando un edificio. En su pequeño rodeo se topó con el grupo de goblins que se suponía debía proteger ese flanco de Loz Zakeadores, pero los arcos cortos de “Loz Meketrefez” (y su escasa valentía) poco pudieron hacer con lo que se los venía encima.

 

 

Para cuando los pesos pesados de Loz Zakeadorez quisieron darse cuenta, tenían a los deformes feriantes detrás de ellos. Los ‘gobos’, retirándose, manteniendo la distancia con El Gremio, dejaron un pasillo hasta la retaguardia de Loz Zakeadores. Eso no supuso ninguna sorpesa para Zurko, quien no esperaba gran cosa de “Loz Meketrefez”. No podía defraudar a ‘suz chikoz’ en su retorno a las calles de Mordheim, así que levantó su hacha y bramó su grito de guerra. El choque entre ambas bandas fue brutal. Pero El Gremio de Estercoleros contaba con más efectivos. Los orcos se habían dispersado ligeramente, y llegaron al combate escalonadamente, mientras que ‘El Señor del Estiércol’ había mantenido a sus seguidores cerca de él, formando un potente bloque de músculo, acompañándose por el Portador de Plaga, un temible demonio de Nurgle, y Estripacharcos, uno de los Hombres Forzudos de El Gremio. Follaperros, el otro Forzudo, que había estado “ocupado” con los mastines de guerra de los Cazadores de Brujas, había quedado descolgado del grupo principal. Pero, claro, Follaperros tenía sus propios (e íntimos) planes…

El salvaje empuje de los orcos chocó contra el muro pestilente de mutantes, demonios y seguidores del Caos que, aun sufriendo alguna baja inicial, henchidos del poder oscuro de su líder, frenaron en seco a los pieles verdes y, finalmente, pusieron en graves apuros a Loz Zakeadorez, quienes al ver caer a varios de los suyos, incluido a su jefe, dudaron unos instantes antes de agarrar a sus heridos y retirarse de la escaramuza ante el victorioso Gremio de Estercoleros, cuyos aberrantes miembros celebraban con inhumanas carcajadas y gestos grotescos el triunfo.

Mientras el multitudinario combate se desarrollaba, los Cazadores de Brujas aprovecharon para recuperar los cuerpos heridos e inconscientes de los Flagelantes, y el Capitán Konrad Marburg, muy a su pesar, ordenó la retirada. Sabía que en este momento, enaltecidos por la victoria, El Gremio de Estercoleros sería aún más peligroso. Aunque odiaba hacerlo, no era deshonroso retirarse y luchar otro día. Y ahora que ya conocía a ‘El Señor del Estiércol’, no descansaría hasta verlo ardiendo. Y sería él quien empuñaría la antorcha…

Aquí puedes ver como quedaron la banda de Zakeadorez de Zurco y de El Gremio de Estercoleros tras la partida.